La historia del restaurante y brasserie Flo en Barcelona comenzó en 1982, cuando el grupo de restauración parisino Flo decidió abrir fuera de Francia uno de sus establecimientos. No buscaba un local cualquiera. Quería un espacio céntrico, con carácter, con ese aire de edificio antiguo capaz de transmitir elegancia desde el primer vistazo. Y lo encontró en los bajos de la antigua casa-fábrica Rojo-Martí, en el número 10 de la calle Jonqueres, un inmueble con raíces que se remontaban al siglo XVIII.

La elección del emplazamiento no fue casual. Aquel edificio reunía historia, presencia y una escala poco habitual en el centro de Barcelona. La operación permitía al grupo francés instalar su primer restaurante en España en un espacio singular, con una fuerte personalidad arquitectónica y una atmósfera perfecta para recrear el espíritu de una gran brasserie parisina.

UNA CASA-FÁBRICA TEXTIL CON SIGLOS DE HISTORIA

Antiguo edificio donde se levantó la Brasseire Flo

El origen del edificio se sitúa en 1779, cuando el indiano Pedro Rojo levantó en ese lugar una fábrica textil. Era una de esas construcciones híbridas tan características de la Barcelona preindustrial y del primer desarrollo manufacturero: vivienda y producción bajo un mismo techo.

Ya en el siglo XIX, la finca pasó a manos de la familia Martí, que mantuvo la actividad fabril en la casa-fábrica. El edificio, de tres plantas, llegó a contar con 50 telares y a emplear a unos 150 trabajadores, una cifra considerable que da idea de la dimensión del conjunto y de su relevancia dentro de la actividad textil barcelonesa.

En 1862, Josep Martí pidió permiso para levantar una casa de planta baja y cuatro pisos, sin especificar con claridad cuál sería el uso definitivo de los bajos. En el proyecto sí constaba, sin embargo, la existencia de un taller en la planta baja.

Un año después, en 1863, la nueva fachada quedó rematada con la fecha de finalización sobre la puerta de entrada, una inscripción que todavía recordaba el momento en que el inmueble adoptó su aspecto definitivo.

LA LLEGADA DE FLO A BARCELONA EN 1982

Más de un siglo después, aquel edificio decimonónico se convirtió en la puerta de entrada del grupo Flo en España. En diciembre de 1982 abrió allí sus puertas la Brasserie Flo de Barcelona, primer establecimiento español de una cadena que llegó a sumar decenas de locales en distintos países.

La inauguración tuvo un notable eco en la ciudad. El 17 de diciembre de ese mismo año, La Vanguardia dedicó un comentario al recién estrenado restaurante, elogiando tanto la dirección como la propuesta gastronómica y el equipamiento técnico de su cocina. El nuevo Flo no era un restaurante más: nacía con la ambición de convertirse en un referente del centro de Barcelona.

La expectación fue tal que incluso la floristería Flores Plat publicó un anuncio para comunicar que había sido la encargada de la decoración floral del establecimiento. Ese detalle da una idea del impacto social y mediático que tuvo su apertura en una ciudad que, en los primeros años ochenta, empezaba a redefinir su oferta gastronómica y cosmopolita.

UN GRAN RESTAURANTE EN EL CENTRO DE LA CIUDAD

El Flo de Barcelona ocupaba un local de grandes dimensiones, con capacidad para más de 250 comensales repartidos en distintos salones. Además del comedor principal, disponía de espacios reservados y estancias pensadas para banquetes, celebraciones familiares y reuniones privadas.

Ese despliegue de metros, salones y ambientes contribuía a reforzar la imagen de restaurante importante, de esos lugares donde salir a cenar era todavía un pequeño acontecimiento social. Flo ofrecía amplitud, servicio y una cierta sensación de lujo accesible, muy asociada a la restauración de prestigio de finales del siglo XX.

UN INTERIORISMO DE AIRE PARISINO

Uno de los grandes atractivos del restaurante fue su ambientación. El interiorismo, de inspiración art nouveau, evocaba deliberadamente el modernismo parisino y ayudaba a construir esa atmósfera elegante que el grupo quería importar a Barcelona.

El responsable de esa intervención fue Antoni de Moragas i Spà, que diseñó un espacio sofisticado, lleno de guiños decorativos y pensado para impresionar al cliente desde la entrada. Entre los elementos más recordados figuraba la lámpara central conocida como Vaghe Stelle, convertida en una de las piezas emblemáticas del local.

La entrada también tenía un fuerte componente escenográfico. En la zona que en otro tiempo debió de funcionar como espacio de transición entre el acceso exterior y la antigua fábrica, el cliente se encontraba con una monumental disposición interior que marcaba el tono de la visita. Entre los detalles más comentados destacaba el gran acuario situado a la izquierda del acceso, una pieza impactante que reforzaba la sensación de abundancia y sofisticación antes incluso de sentarse a la mesa.

COCINA FRANCESA, PRODUCTO Y APERTURA A LA GASTRONOMÍA LOCAL

En sus primeros años, Flo apostó por una cocina de raíz francesa, muy ligada al concepto clásico de brasserie. Su carta incluía platos que buscaban trasladar a Barcelona parte del imaginario gastronómico parisino, aunque pronto fue abriéndose también a propuestas catalanas, mediterráneas y españolas.

Entre sus especialidades se recordaban las ostras francesas, la mariscada especial, el tartar de confit de pato con piña, el arroz de bacalao y morcilla, la fideuá, el lenguado relleno de espinacas gratinado al cava, el carpaccio de ternera con parmesano, el steak tartar o el entrecot fileteado con tomate a la menta.

El acuario, además de ser un recurso decorativo, reforzaba la imagen de frescura del producto.

Allí podía verse pescado y marisco listo para pasar a cocina, un detalle que convertía la experiencia en algo visual y contribuía a dar confianza al cliente.

EL RITUAL DEL SERVICIO Y UNA FORMA DE ENTENDER LA RESTAURACIÓN

Flo pertenecía a una época en la que cenar fuera no era solo consumir, sino participar de una cierta liturgia del servicio. El trato del personal, la puesta en escena, la forma de presentar los platos y los pequeños gestos ceremoniales formaban parte de la experiencia.

Entre esos rituales hoy desaparecidos estaba el encendido del puro por parte del maître al final de la cena, una práctica que en restaurantes de cierto nivel todavía se mantenía en aquellos años. Era un gesto de otra época, vinculado a una restauración más teatral, más pausada y también más ostentosa, que hoy ha desaparecido por completo tanto por cambios culturales como por la legislación antitabaco.

COMER FUERA, ANTES Y AHORA

La memoria del Flo también remite a una transformación más amplia: la del precio y el significado social de salir a cenar. Durante años, una comida o cena en un restaurante de ese nivel podía rondar las 4.000 pesetas, una cantidad que entonces representaba una salida especial, pero asumible para muchas economías en determinadas ocasiones.

Vista desde el presente, aquella cifra despierta inevitablemente comparaciones con los precios actuales de la alta restauración. Más allá del dato exacto, lo que aflora es la sensación de que la experiencia de cenar en un gran restaurante ha cambiado mucho: en coste, en frecuencia y en el tipo de público al que se dirige.

EL DECLIVE Y EL CIERRE DEFINITIVO

Con el paso del tiempo, el restaurante fue perdiendo parte del brillo que había acompañado sus primeras décadas. Los cambios en los hábitos de consumo, la transformación del panorama gastronómico barcelonés y la competencia de nuevos formatos fueron erosionando su posición.

La crisis provocada por la COVID-19 acabó por acelerar un final que probablemente ya se venía anunciando. El cierre del restaurante supuso la desaparición de uno de esos locales que durante años formaron parte del mapa sentimental de la Barcelona de las grandes cenas, los salones elegantes y la restauración entendida como espectáculo.

Jesús Fráiz, La Barcelona de antes

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BRASSERIE FLO

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