En los años 60, nuevas ideas estallaron como bombas de colores en un mundo gris. El terreno estaba listo: la generación beat de los 50 había encendido la chispa, y la guerra de Vietnam la convirtió en incendio. De las cenizas del conformismo surgió un movimiento subterráneo, un grito de guerra pacífico: el underground.
Barcelona, mayo de 1937. La ciudad condal se sumió en un caos sangriento que puso en riesgo el frágil equilibrio del gobierno de la Generalitat.
Durante seis días, del 3 al 8 de mayo sus calles fueron escenario de enfrentamientos violentos entre facciones republicanas que, hasta hacía poco, combatían juntas contra el fascismo. Mientras los jóvenes luchaban en el frente, en la retaguardia, camaradas se enfrentaron a muerte.
El 19 de abril de 1937, Francisco Franco unificó a carlistas, alfonsinos y falangistas creando el Movimiento Nacional para centralizar el poder y dirigir todos los recursos contra los republicanos.
En contraste, el gobierno legítimo republicano se enfrentaba divisiones profundas. La coalición de izquierdas que lo estaba fragmentada, con tensiones ideológicas y luchas internas que alcanzaron un punto crítico.
En los primeros meses de la guerra, las calles de Barcelona estaban bajo control de las Milicias Antifascistas de Cataluña, dominadas por la CNT/FAI, entonces mayoritarias en el gobierno. Estaban formadas por obreros, campesinos y estudiantes, organizados en unidades armadas para combatir al fascismo. Aunque defendían la República, las milicias abarcaban ideologías desde el anarquismo hasta el comunismo y el socialismo. Seguían a sus líderes, actuando incluso al margen de la ley, guiadas por su ideario revolucionario.
Se inició una persecución contra los religiosos, especialmente maristas. Entre julio y octubre, 172 personas, en su mayoría religiosas, fueron ejecutadas. En las zonas rurales, muchos campesinos, descontentos con la colectivización forzada, se rebelaron, como ocurrió en la Fatarella (25/1/37).
Acciones como nacionalizar fábricas y empresas, incendiar iglesias o proclamar manifiestos revolucionarios no mejoraban la eficacia militar. Urgía una reorganización para formar el Ejército Popular de la República y enfrentarse al avance de los nacionales.
MAYO 1937
El 1 de mayo se suspendió el desfile por el Día del Trabajador. Las tensiones entre las fuerzas del gobierno catalán (ERC, PSUC, CNT, FAI, POUM y UGT) estaban al borde de estallar.
EL DETONANTE
El 2 de mayo, Indalecio Prieto llamó a la Generalitat y el telefonista respondió que no había gobierno, sino un Comité de Defensa. Algo similar ocurrió con Azaña, quien al hablar con Companys fue interrumpido por insultos del telefonista. Era evidente que los anarquistas interceptaban las llamadas desde la Telefónica de Plaza Cataluña.
El 3 de mayo de 1937, Artemi Aigüadé, Conseller de Seguridad Interior (ERC), ordenó desalojar a los anarcosindicalistas del edificio de Telefónica para retomar el control de las comunicaciones. El enfrentamiento dejó más de 80 muertos y desató el caos en las calles.
LA CONTRA REVOLUCIÓN
El 4 de mayo, los anarquistas de la CNT/FAI, apoyados por sectores populares, intentaron iniciar una revolución bajo el lema «ni dios, ni patria, ni rey». Enfrente estaban los del POUM, un partido comunista anti estalinista liderado por Andreu Nin, ex secretario de Trotsky, que se oponía tanto al republicanismo catalanista como al PSUC estalinista.
El martes 4 de mayo, pese a la cercanía del frente a menos de 100 kilómetros, la revuelta se extendió a barrios como Sant Andreu, Poble Nou, Paralelo, Plaza Palau y Vía Layetana. Se declaró una huelga general. Metro, trenes y tranvías, controlados por la CNT, dejaron de funcionar.
El Hotel Colón, requisado por el PSUC como centro de comunicaciones, era usado para enviar informes secretos sobre opositores políticos. Estos documentos serían aprovechados más tarde por el franquismo para la represión. Para neutralizar al PSUC, simpatizantes de la CNT/FAI cercaron el hotel con blindados. Milicianos intentaron sin éxito asaltar el Palacio de Justicia y el Palau de la Generalitat. Hubo 50 muertos.
George Orwell, miliciano del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), Se atrincheró en la azotea del Teatro Poliorama, desde donde vigilaba la sede del POUM ubicada en el Hotel Falcón, situado justo enfrente.
A las 14:00, la CNT y la FAI pidieron un alto el fuego: “¡Deponed las armas! ¡Somos hermanos! Si nos combatimos, estaremos perdidos”. La tregua fue ignorada. Dirigentes del POUM y “Amigos de Durruti” se reunieron en el Principal Palace para proponer la retirada ordenada de las barricadas. Con el caos descontrolado, Largo Caballero trasladó el gobierno republicano a Valencia. El ministro anarquista Joan García Oliver y “Marianet” (CNT) viajaron a Barcelona para asumir el control del orden público.
Ante la crisis,Companys pidió al gobierno central hacerse cargo del orden en Cataluña: “Es vital colaborar con el gobierno de la República si queremos vencer al fascismo”. Federica Montseny y García Oliver exigieron la destitución de quienes asaltaron la Telefónica y llamaron a la calma por radio. Sin embargo, la situación era insostenible para todos.
En la madrugada se pactó un gobierno de transición con Companys como presidente, pero los enfrentamientos continuaron el 5 de mayo en Plaza Cataluña, Gran Vía y alrededores del Palau de la Generalitat. Las fuerzas del orden tomaron la Estación de Francia y desalojaron a anarquistas de la Telefónica.
Sesé, secretario de la UGT catalana, fue asesinado por miembros de la CNT/FAI cuando iba a asumir su cargo en el consejo provisional de la Generalitat.
El 6 de mayo, la Generalitat y la CNT acordaron calmar los ánimos y desarmar al POUM. Se pidió a las fuerzas regresar a sus bases: “¡Camaradas, a vuestros sindicatos, cuarteles y centros! Que todo sea paz”.
Desde Valencia y Madrid llegaron 5,000 guardias de asalto, dos destructores (Lepanto y Sánchez) y el acorazado Jaime I. El 7 de mayo, Largo Caballero rechazó legalizar el POUM. Los anarquistas dejaron el gobierno, y Caballero dimitió el 14 de mayo.
Aunque se acordó liberar prisioneros de ambos bandos, la Generalitat llenó cárceles republicanas con militantes de CNT y POUM. El 17 de mayo, se formó un gobierno moderado liderado por Juan Negrín, con apoyo del PCE y PSUC.
El 4 de junio se ordenó disolver los comités de defensa de CNT, las Juventudes Libertarias y los “Amigos de Durruti”, además de entregar armas. Muchos huyeron al frente o a la clandestinidad. Líderes como Domingo Ascaso, anarquista y Andreu Nin del POUM, fueron asesinados en 1937, presuntamente por órdenes de Stalin.
Mientras tanto, crecían las tensiones entre la Generalitat de Companys, que buscaba autonomía, y el gobierno central de Negrín, que quería centralizar el poder. En octubre de 1937, Negrín trasladó el gobierno a Barcelona para asumir el control total ante el avance franquista.
El SIM (Servicio de Información Militar), manejado por comunistas y socialistas, asumió el rol de las Patrullas, persiguiendo brutalmente al POUM y anarquistas. Se crearon tribunales revolucionarios al margen de la ley para procesar opositores como en la “Torre del Terror” en la Avenida Tibidabo 32. Checas, centros de detención y tortura operaban en antiguos conventos y sedes de organizaciones como el Preventorio De Vallmajory el Hotel Colón.
Con 200,000 refugiados, la hambruna y el agotamiento político, Barcelona estaba al límite. La guerra continuó hasta 1939. Mientras unos destruían iglesias y archivos religiosos, otros exterminaban toda resistencia que oliera a rojo.
Barcelona estaba patas arriba para su puesta de largo internacional. En 1888 se iba a celebrar e la ciudad la Exposición Universal. La ciudad que aún no tenía experiencia para organizar eventos internacionales, carecía de plazas hoteleras de calidad para recibir a visitantes ilustres por lo que el gobierno.
Previendo la masiva afluencia de visitantes, se decidió construir un grandioso y flamante hotel para aumentar la disponibilidad de alojamiento de calidad. Nos referimos al Hotel Internacional de Barcelona.
LAS EXPOSICIONES UNIVERSALES
Las Exposiciones Universales se erigían como escaparates para que las ciudades exhibieran su pujanza industrial, artesanal y artística al mundo. Londres, pionera en 1851, había sido seguida por París, Viena, Amberes, Liverpool y Filadelfia. Barcelona, como líder industrial de España, solo necesitaba un impulso para darse a conocer en el extranjero.
En 1888 España gobernaba Práxedes Mateo Sagasta bajo la regencia monárquica de María Cristina viuda del rey Alfonso XII y madre de Alfonso XIII. Barcelona había llegado a los 530.000 habitantes gracias a la entrada de numerosa mano de obra de otras regiones.
EL PROYECTO
El catalizador de esta proyección internacional fue Eugenio Serrano de Casanova, un exmilitar carlista gallego afincado en la ciudad. Inspirado por las exposiciones europeas que había visitado, presentó una propuesta al Ayuntamiento en junio de 1885.
El consistorio, viendo el potencial del proyecto, firmó un convenio cediendo los terrenos de la antigua ciudadela borbónica, demolida en 1869 y, en parte, reconvertida en jardín público por el General Prim. La fecha prevista para la Exposición Universal se fijó entre septiembre de 1887 y abril de 1888.
Los republicanos y catalanistas liderados por Valentí Almirall, se manifestaron en contra de la Exposición, por considerarla la expresión del pacto de la burguesía catalana con la monarquía centralista. Era el reflejo de la buena relación entre la restaurada monarquía y la burguesía industrial catalana, que había apoyado el regreso monárquico.
Al principio se concibió como una iniciativa privada, Sin embargo, el lento avance de las obras y las deficiencias estructurales en los pocos edificios construidos, llevaron al alcalde, Francesc de Paula Rius i Taulet, a tomar las riendas en abril de 1887, aportando 500.000 pesetas para salvar el proyecto.
Fue organizada principalmente el «Comité de los Ocho» entre los que estaban Francesc Rius i Taulet (alcalde), Elies Rogent, Lluís Rouvière, Manuel Girona, Manuel Duran i Bas, Josep Ferrer i Vidal, Claudio López Bru (Marqués de Comillas) y Carles Pirozzini.
1888 LA CONSTRUCCIÓN
El Ayuntamiento de Barcelona busco asesoramiento en el reconocido hostelero suizo César Ritz e inmediatamente se convocó un concurso público. El Ayuntamiento cedería un terreno ganado al mar en el nuevo Paseo de Colón, frente al edificio de la Capitanía General.
El hotel debería tener una categoría superior y reunir las mejores condiciones de comodidad y lujo y la empresa adjudicataria del concurso debería abonar al Ayuntamiento un canon anual. Además el hotel debería estar terminado para su apertura al público antes de la fecha de inauguración de la Exposición Universal.
MEDIDAS COLOSALES
Constaba de planta baja y cuatro pisos de altura. Cada planta tenía 5.250 metros cuadrados. Podía acoger más de 1000 huéspedes, distribuidos en 600 habitaciones y 30 apartamentos para familias numerosas.
En el centro, se encontraba un gran café restaurante. En el primer piso estaban las oficinas y 856 apartamentos. La construcción comenzó a mediados de diciembre de 1887 y finalizó el 14 de febrero de 1888, aunque los acabados interiores y la decoración se prolongaron hasta finales de marzo de ese año. En realidad se construyó con materiales de baja calidad sabiendo que el hotel debía ser derruido tras la exposición.
La Exposición Universal de 1888 se celebró en la ciudad de Barcelona entre el 8 de abril y el 9 de diciembre de ese año, atrayendo a unos 425,000 visitantes, nacionales y extranjeros.
El 20 de mayo de 1888 a las 16 horas se inauguró oficialmente presidida por Alfonso XIII (que tenía dos años), la reina regente María Cristina, la princesa de Asturias María de las Mercedes, la infanta María Teresa, el presidente del consejo de ministros Práxedes Mateo Sagasta, y el alcalde de Barcelona Francesc Rius i Taulet.
Se exhibieron los últimos avances en Ciencias, Artes, Agricultura, Comercio e Industria. Los barceloneses vieron por primera vez un rudimentario coche, un teléfono o una bombilla. También se organizó paralelamente en septiembre en el Salón Eslava el Primer Congreso Internacional Espiritista, abogando por la enseñanza de las ciencias ocultas.
1889 LA DEMOLICIÓN
Tras el evento tocaba derruir el más impresionante hotel de la ciudad, tal como había sido planeado. Muchos ciudadanos e intelectuales abogaron por indultar al hotel de su demolición. Consideraban que no tenía sentido derribar una obra tan hermosa.
Aunque los acabados iniciales parecían excelentes, los materiales utilizados no eran duraderos. Además, el hotel se había construido en terrenos prestados por la Junta del Puerto para el evento, lo que hacía impracticable desmontarlo y reconstruirlo en otro lugar.
Finalmente, poco después de la conclusión de la Exposición, en 1889 se derruyó del hotel. Aunque su vida fue breve, dejó una huella en la historia de la ciudad.
Un grito de ‘¡Toma, lo prometido!’ fue el último sonido que escuchó Federico Muñoz antes de que las balas escribieran su sentencia en la Bodega Montferry, cerrando para siempre el capítulo del verdugo más temido de Cataluña.
Estamos en Barcelona en 1935. Era una tarde de sábado que prometía ser como cualquier otra … pero es tarde el destino decidió escribir un capítulo más en la turbulenta historia de la Ciudad Condal.
El escenario: la anodina Bodega “Las tres”, años después llamada Montferry de la calle Eduardo Tubau, 19 en el barrio de Porta, donde algunos vecinos, la mayoría emigrantes, jugaban a cartas mientras hacían una copita. El establecimiento se convertirá en el telón de fondo de un drama digno de las mejores novelas negras.
Nuestro protagonista, o más bien antagonista según se mire, era nada menos que Federico Muñoz Contreras, el verdugo oficial de Barcelona. Un oficio poco envidiable, sin duda, pero alguien tenía que hacerlo. Y vaya si lo hacía.
Muñoz tenía 55 años y era conocido por su eficiencia y su peculiar invento: el «garrote catalán», una mejora del tradicional método de ejecución que, según él, evitaba que «su hombre» sacara la lengua en el momento final. Todo un detalle por su parte, hay que reconocerlo. Ese 9 de febrero, Muñoz se estaba tomando un vermut en espera del al tranvía lo llevaría a Horta a las «Casas Baratas de Can Peguera»…barrio al que se había mudado tras recibir unos anónimos en su anterior residencia en la Ronda de Sant Antoni.
EL MOVIL DEL CRIMEN
Dos individuos decidieron que era el momento perfecto para ajustar cuentas. Con un grito que bien podría haber salido de una película de gángsters – «¡Toma, lo prometido!» – llenaron de plomo al pobre Muñoz. Así, sin más preámbulos, el verdugo se convirtió en ejecutado.
Resulta que apenas dos meses antes, el 21 de diciembre de 1934 para ser exactos, Muñoz había tenido el dudoso honor de ejecutar a Andreu Aranda Ortiz. Había participado en un robo en la sastrería Maleres de la calle Hospital de Barcelona que acabó con un tiroteo saldado con 5 heridos y un dependiente muerto.
En tiempos normales, quizás se hubiera librado de la pena capital, pero con el estado de guerra declarado tras la proclamación del Estat Català dentro de la República Federal, los llamados «Hechos de Octubre» de 1934, no tuvo tanta suerte. El día 20 le notificaron la sentencia de muerte prevista para el 21 de diciembre de 1934.
En ciertos círculos de Barcelona, no sentó nada bien. La CNT estaba enfrentada a los escuadrones de Camisas Verdes del Estat Català y la FAI mantenía la ciudad en un estado de ebullición constante con huelgas, atentados y sabotajes.
Según la autopsia realizada por médicos militares, Muñoz recibió tres disparos: uno en la oreja izquierda, otro en la parte inferior de la región malar, y un tercero a quemarropa en el lado izquierdo cuando ya estaba caído.
Muñoz Contreras dejó esposa e hijos, quienes fueron a la audiencia a pedir sus cosas. Tres días después, la prensa informó que habían arrestado a tres personas. Dos de ellos eran conocidos por la policía: José González Carrera alias “el camarero”: un ladrón de poca monta y Genís Urrea, un popular anarquista presunto autor material,:…aunque nunca se supo a ciencia cierta el motivo del homicidio.
Cuando por fin lograron instruir una causa contra él por haber comprado armamento junto a su grupo “Los Anónimos”… llegó el nuevo gobierno del Frente Popular en 1936 y ¡zas! Indulto general para delitos políticos y sociales.
Urrea debió pensar que había ganado la lotería… fue indultado en abril de 1936, regresó de su exilio en Francia al estallar la Guerra Civil y se convirtió en agente de la Generalitat.
Posteriormente, en 1941, fue encarcelado en la prisión Modelo, acusado de apoyo a la rebelión. Finalmente, en 1952, fue uno de los últimos fusilados en el Camp de la Bota dos meses antes del famoso Congreso Eucarístico, el viernes 14 de marzo de 1952, diecisiete años después de haber asesinado a Federico Muñoz Contreras. Tras el asesinato del verdugo las huelgas continuaron, los anarquistas siguieron conspirando y los burgueses siguieron temiendo por sus cuellos. Porque en la Barcelona de los años 30, la muerte era solo un personaje más en el gran teatro de la vida. Y a veces, como en el caso de Federico Muñoz, le tocaba el papel protagonista.
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