El desaparecido Cortes Cinema se levantó en la esquina de la calle Lepant con la antigua calle Cortes, hoy Gran Via de les Corts Catalanes, en el número 794. Estaba situado frente a la entrada posterior de la plaza de toros Monumental, hoy cerrada, y junto a la parroquia de la Mare de Déu del Roser. Durante décadas fue uno de los pocos cines de una zona periférica y todavía poco urbanizada, marcada entonces por solares vacíos, vías de tren y una vida de barrio que apenas comenzaba a consolidarse.
Su historia resume bien la transformación de aquel sector del Fort Pienc: nació en los años de la Segunda República, desapareció con la Guerra Civil, fue reutilizado por el franquismo como comedor de Auxilio Social, reabrió reformado en la posguerra y acabó cerrando en 1966, cuando el mapa de los cines de barrio de Barcelona ya empezaba a cambiar.
UN CINE EN LOS MÁRGENES DEL FORT PIENC
El Cortes Cinema fue uno de los escasos cines que tuvo el Fort Pienc en una etapa en la que Barcelona vivía una auténtica fiebre de aperturas cinematográficas. Sin embargo, aquella zona concreta no era todavía un entorno urbano consolidado. Muy al contrario, se trataba de un espacio de transición, condicionado por la cercanía de la estación del Norte, las infraestructuras ferroviarias y los grandes descampados que se extendían hacia la plaza de les Glòries.

A comienzos de los años treinta, este extremo del barrio seguía teniendo un aire periférico, con poca densidad edificada y amplios vacíos urbanos. El cine surgió, por tanto, en un lugar que hoy puede parecer céntrico, pero que entonces aún conservaba rasgos de frontera urbana.
LA APERTURA EN 1932, EN PLENA SEGUNDA REPÚBLICA
El local fue construido en 1932, en los años iniciales de la Segunda República, un periodo cargado de expectativas políticas y urbanísticas. En aquel contexto, muchos veían en la modernización de Barcelona una promesa de futuro. Persistía además la idea, heredada del plan de Ildefons Cerdà, de que la zona de Glòries debía convertirse algún día en un gran centro articulador de la ciudad.

La propietaria del nuevo cine fue Carmen Gómariz, que aprovechó un solar sin edificar para levantar una sala que compitiera con el cercano cine Granvía, inaugurado dos años antes a apenas un centenar de metros, en la confluencia de Gran Vía con Marina. Su apuesta tenía lógica: aspiraba a atraer tanto a los vecinos de aquella área aún poco poblada como al público vinculado a la parroquia próxima y al entorno de la Monumental.
UNA SALA MODESTA, PERO CONFORTABLE
El nuevo cine no destacaba por una arquitectura especialmente espectacular, pero sí ofrecía una fachada digna y un interior confortable. Disponía de una platea y un pequeño anfiteatro, con un grupo central de butacas y pasillos laterales que organizaban el acceso de los espectadores.

Era, en definitiva, un cine de barrio bien resuelto, pensado para un público popular y cercano, sin grandes alardes monumentales pero con una disposición funcional que respondía a las exigencias de la exhibición cinematográfica de la época.
CARMEN GÓMARIZ, EMPRESARIA CINEMATOGRÁFICA
Carmen Gómariz no era una recién llegada al negocio. Ya tenía experiencia como empresaria de otras salas barcelonesas, entre ellas el cine California y el Comedia, este último situado al final del paseo de Gràcia. Su presencia al frente del proyecto demuestra que el Cortes Cinema no fue una aventura improvisada, sino una inversión bien pensada dentro del mercado cinematográfico de la ciudad.
La nueva sala apareció por primera vez en La Vanguardia el viernes 14 de octubre de 1932. En aquella primera programación figuraban títulos como Mar de fondo, interpretada por George O’Brien y Marion Lessing; Esclavas de la moda, sonora en español; Adiós, mascota, con Lilian Harvey; y Vendaval, con Tom Mix.
EL CINE EN LOS AÑOS PREVIOS A LA GUERRA
Desde su inauguración hasta el inicio de la Guerra Civil, el Cortes Cinema siguió apareciendo en las carteleras de prensa. Su trayectoria en esos años fue la de una sala de barrio que trataba de consolidar una clientela estable en un entorno todavía en formación.
Con el estallido de la guerra en 1936, el cine desapareció de la cartelera. Todo indica que dejó de funcionar entonces. Su emplazamiento, relativamente apartado de las grandes zonas de centralidad, y su perfil de sala modesta ayudan a explicar que no alcanzara el protagonismo de otros cines colectivizados o reutilizados durante el conflicto.
DE CINE A COMEDOR DEL AUXILIO SOCIAL
Terminada la Guerra Civil, el local sufrió una transformación radical. Fue requisado por el régimen franquista y destinado a Auxilio Social, la organización asistencial del nuevo Estado. El antiguo cine se convirtió así en comedor para personas con graves dificultades de subsistencia, en una Barcelona marcada por la escasez, el hambre y la dureza de la posguerra.
Ese uso se prolongó durante casi una década. No fue hasta 1947 cuando, una vez cumplida la función para la que había sido incautado, el inmueble fue devuelto a su propietaria. El regreso, sin embargo, se produjo en un estado muy deteriorado, lo que obligó a acometer una profunda reforma.
LA REAPERTURA DE 1947 Y EL CAMBIO DE NOMBRE
Tras una remodelación importante, la sala volvió a abrir sus puertas el viernes 10 de octubre de 1947. Aunque exteriormente la fachada conservó casi intacto su aspecto original, el interior fue modernizado para adecuarlo a la nueva etapa.

La reapertura vino acompañada de un cambio significativo: el cine pasó a anunciarse como Cinema Gran-Vía, apropiándose del nombre del antiguo cine de la calle Marina, ya desaparecido. Aquella inauguración tuvo cierta relevancia publicitaria, y La Vanguardia dedicó al nuevo local uno de los anuncios más destacados de su página de espectáculos.

Las películas elegidas para la reapertura fueron Una mujer internacional, interpretada por Ilona Massey, George Brent y Basil Rathbone, y Señorita profesora, con Jenny Jugo. La empresa quiso dar brillo al estreno del renovado cine y ofreció un refrigerio a los invitados, en una ceremonia que pretendía subrayar el renacimiento de la sala.
UNA NUEVA ETAPA EN LA POSGUERRA

Durante un tiempo, Carmen Gómariz todavía mantuvo la confianza en el negocio cinematográfico. En la víspera de la Navidad de 1947 programó, por ejemplo, También somos seres humanos, con Robert Mitchum, una película que logró una buena acogida.
Era la época en la que la Gran Vía aparecía oficialmente como avenida de José Antonio, y en la que la expansión urbanística de la ciudad iba modificando la percepción de aquella zona, cada vez menos periférica. Sin embargo, el entusiasmo empresarial duró poco.
A mediados de 1948, cansada probablemente de las dificultades del sector, Carmen Gómariz hizo desaparecer sus salas de las carteleras. Cuando volvieron a anunciarse, lo hicieron ya bajo la administración de Luis Cabezas Puzo.

Desde el viernes 17 de septiembre de 1948, el local reapareció como cine Tranvía, con una programación en la que figuraban La última emboscada y Los tres mosqueteros. Pese a ello, su presencia en prensa dejó de ser continua, signo de una trayectoria cada vez más irregular.
LA ETAPA FINAL Y EL CIERRE DEFINITIVO
En sus últimos años, la gerencia pasó a manos de los hermanos Gratacós Comas, que mantuvieron viva la sala hasta su cierre definitivo. El final llegó el 8 de mayo de 1966, con la proyección de Un millón de dólares y La boda.
Con aquella clausura desaparecía uno de los pocos cines históricos del Fort Pienc, una sala que había acompañado durante más de tres décadas la vida de una zona en transformación. No fue un gran palacio del cine ni una sala de estreno de primer nivel, pero sí un testimonio valioso de la cultura popular y del tejido cotidiano de barrio.
EL RECUERDO DE UN CINE DESAPARECIDO
La historia del Cortes Cinema permite seguir, a pequeña escala, la evolución de Barcelona entre la Segunda República y el desarrollismo. Su vida atravesó los grandes cortes del siglo XX: la ilusión republicana, la Guerra Civil, la requisa franquista, la dura posguerra y el lento cambio urbano de los años cincuenta y sesenta.
Hoy su nombre apenas sobrevive en la memoria de algunos vecinos y en la documentación de prensa. Pero durante años fue un punto de encuentro entre misa dominical, cine de barrio, descampados, tranvías y una ciudad que todavía no había terminado de construirse.
Jesús Fráiz ,La Barcelona de antes.
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