Cine Bretón, un cine de barrio con bobinas en bicicleta (1939–1972)
Hubo un tiempo en que los días festivos eran más largos que los bolsillos y el invierno empujaba a buscar refugios baratos. Pasear, escuchar la radio y, con suerte, entrar en una sala de cine del barrio. En Sarrià, uno de esos refugios fue el Cine Bretón, un local modesto pero muy revelador de cómo funcionaba la exhibición cinematográfica en la Barcelona de posguerra: cercanía, sesión continua y una logística casi artesanal para que la película llegara a tiempo.
Un propietario con “imperio” de salas y una forma de trabajar muy de época
El Bretón nació ligado a Pere Alsina Castells, un empresario que ya controlaba varias salas de la zona y que aprovechó un solar disponible para ampliar presencia en el barrio. Su estrategia era típica del circuito de cines de entonces: tener varias pantallas relativamente cercanas para mover programación y optimizar copias.
Porque las películas no viajaban en “streaming”, claro. Llegaban en bobinas, y la distribución de barrio tenía su propia épica: rollos que iban de un cine a otro y, muchas veces, un ciclista encargado de trasladarlos a toda prisa cuando terminaba una proyección en una sala y debía empezar en la siguiente.
Bobinas, cortes y pateos: cuando el público mandaba
Ese sistema también explicaba algo que hoy parece de otro planeta: los descansos forzosos. Si había un corte de luz o un problema con la cinta, se detenía la sesión, se encendían las luces, sonaba música para tapar el vacío y en la sala aparecía el clásico concierto de protestas, silbidos y pateos. El cine de barrio era proximidad, sí, pero también paciencia colectiva… hasta que se acababa.
1939: inauguración del Cine Bretón
El Cine Bretón se inauguró el 26 de junio de 1939, el mismo año en que terminó la Guerra Civil, en un contexto social durísimo y con la ciudad todavía recomponiéndose. Aun así, como ocurrió con otras salas de barrio, el cine intentó abrirse paso como entretenimiento accesible y cercano.
En tu texto hay un punto que conviene matizar con precisión: el arranque no fue siempre fácil y la asistencia pudo ser irregular, pero el cine sí se consolidó con el tiempo gracias a cambios de gestión y a una reforma posterior que buscó hacerlo más competitivo.

En la documentación aparecen, además, cambios de propiedad y figuras vinculadas al sector, como Josep Benaiges i Xicota, que encajan con esa realidad habitual: pequeñas salas que pasan de mano en mano dentro del mundo de la exhibición.
1953–1954: reforma, anfiteatro y reapertura con 386 localidades
En 1953, el Bretón cerró temporalmente para una restauración destinada a mejorar el local y aumentar capacidad. El proyecto se atribuye al arquitecto Jaume Contijoch i Batlle, e incluyó un anfiteatro, mejoras en la cabina del operador y nuevos espacios auxiliares.
La reapertura llegó el 15 de septiembre de 1954, ya con un aforo de 386 localidades. Y aquí hay un detalle interesante para el relato: el Bretón fue un cine poco presente en las grandes carteleras de prensa. Si aparecía, muchas veces era de forma secundaria, en anuncios generales o referencias de ubicación. Eso no significa que no tuviera vida; significa que era, sobre todo, un cine del barrio y para el barrio.
La memoria de Bigas Luna: el Bretón como infancia
El valor cultural de estos cines se entiende mejor cuando aparecen en los recuerdos. El director Bigas Luna evocó el Cine Bretón al hablar de su infancia en Sarrià, vinculándolo a esa experiencia hipnótica de la sala oscura donde un niño acepta el bocadillo con tal de no perderse la pantalla. Más que una anécdota, es una imagen de época: el cine como lugar de fascinación cotidiana, casi doméstico, donde se aprende a mirar historias.
La “bicicleta” que sostenía la sesión: el testimonio del barrio
Otra escena que retrata bien el funcionamiento real del Bretón es la que explica Montserrat Sagué, comerciante con tienda junto al local: las películas llegaban desde el Cine Adriano y las traía un joven en bicicleta, rápido, para que el intermedio no se alargara y la sala no se encendiera… en el peor sentido. En esa frase está todo: la precariedad logística, la presión del público y el orgullo de sacar adelante la sesión.
1972: cierre definitivo
El Cine Bretón cerró en abril de 1972. El final se entiende en el marco general: caída de la rentabilidad, competencia creciente y cambios de hábitos. Muchos cines de barrio sobrevivieron mientras fueron indispensables; cuando dejaron de serlo, la ciudad los fue borrando del mapa, aunque no de la memoria.

TEXTO DE JESUS FRÁIZ. www.labarcelonadeantes.com
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