Cine Mar de la Rambla
La historia del Cine Mar, conocido durante años también como Cinemar, empieza con un problema muy barcelonés: la ciudad cambia de piel y hasta las direcciones se vuelven un rompecabezas. En 1936, la Rambla todavía se dividía en tramos con nombres distintos —Rambla del Centro incluida— y con una numeración que con el tiempo acabaría unificada. Por eso el cine aparece primero como Rambla del Centro, 34 y, tras la renumeración que transformó pares en nones en ese tramo, pasó a ser La Rambla (Ramblas), 33. El local quedaba en una zona de paso, encajado entre establecimientos muy reconocibles del entorno: cerca del Night Club Tabú y la Pensión Apolo, en la parte baja de la Rambla, donde el ocio convivía con el ruido de la calle.
Era un cine pequeño para la época: 375 espectadores. En esos años Barcelona levantaba salas más ambiciosas, pero el Cinemar nació con vocación de cine práctico, de programación continua y público de la zona, sin el boato de las grandes catedrales del celuloide.
18 de abril de 1936: inauguración por la mañana, tres meses antes del golpe militar
El estreno fue casi una postal de normalidad justo antes del abismo. El sábado 18 de abril de 1936, a las 10 de la mañana, el cine abrió sus puertas con una película que entonces era sinónimo de glamour y baile: “La alegre divorciada”, protagonizada por Fred Astaire y Ginger Rogers. El detalle es importante porque fija el tono de lo que el cine prometía: evasión elegante en una Rambla que aún respiraba la rutina de la ciudad.
La película llevaba dentro un hito musical: “The Continental”, que obtuvo el primer Oscar de la historia en la categoría de canción original, instaurada en los premios correspondientes a las películas de 1934 (entregados en 1935). Aquí conviene afinar la frase para evitar un error frecuente: no es que “los Oscar se instauraran en 1934”, sino que la categoría de canción se estrenó con los films de ese año, y “The Continental” fue su primer ganador.
18 de julio de 1936: la cartelera del día que se rompió el país
El texto original tiene un valor enorme porque baja al detalle de programación en un momento límite. Para el 18 de julio, el cine anunciaba una sesión larga —de tarde a madrugada— con un Noticiario Paramount y varios títulos: “Banda de paso”, “Escuela de campeones”, “Anita la pelirroja” y dibujos como “Vaya un perro”. Es la clase de anuncio que hoy se lee con escalofrío: una cartelera normal puesta sobre una fecha que ya no sería normal.
La prensa, además, dejó señales del cambio de clima: ediciones mermadas, menos páginas, menos publicidad de espectáculos. El Cinemar fue de los pocos que llegó a publicar su programación el domingo, con un anuncio seco, casi telegráfico, como si el cine también intuyera que debía hablar bajito. Y mientras tanto, el diario podía afirmar en portada que “el orden había sido completo”, una de esas frases oficiales que suenan a tranquilidad forzada cuando el suelo ya está temblando.
Guerra Civil: un cine que desaparece de las carteleras y queda en silencio
Durante la Guerra Civil, el Cinemar parece haber quedado fuera del circuito visible. Por capacidad, por ubicación y por la concentración de salas cercanas, hay indicios de que no fue colectivizado o, al menos, de que no mantuvo actividad regular anunciada, porque no aparece en las carteleras restringidas. El resultado práctico fue el cierre: un cine pequeño en la Rambla, sin músculo ni prioridad, convertido en persiana bajada mientras la ciudad sobrevivía como podía.
2 de mayo de 1939: reapertura sin florituras, como quien vuelve a encender la luz
Tras el final de la guerra, el local reapareció el martes 2 de mayo de 1939 con el nombre CINEMAR, sin grandes proclamaciones, sin el entusiasmo publicitario que solía acompañar a las reaperturas. Y la programación parecía decir: “volvemos a lo básico”. Proyectó “De bote en bote” (Laurel y Hardy), “Pasaporte a la fama” (Edward G. Robinson), además de cómica y dibujos. Un cine que regresa por lo más seguro: comedia, ritmo, nombres conocidos.
Octubre de 1939: nace el nombre “Cine-Mar” y el misterio del cambio
El martes 10 de octubre de 1939 aparece por primera vez como Cine-Mar en cartelera, gestionado por Montserrat Ávila, sin explicación oficial del cambio de nombre. Es un punto interesante para el artículo, porque invita a no inventar motivos: en Barcelona a veces los nombres cambian por estrategia comercial, por nueva gestión, por un intento de modernidad gráfica o por simple necesidad de diferenciarse.
En tu texto aparece una teoría: relacionar el “Mar” con un salón náutico celebrado al año siguiente. Y aquí, efectivamente, conviene corregir el razonamiento: atribuir el nombre a una “Semana Náutica” de 1940 no encaja bien con la cronología real de esos certámenes y con la Barcelona de la inmediata posguerra, que estaba para cartillas, no para celebraciones marítimas. Es más prudente dejar el cambio como lo que sabemos que fue: una decisión empresarial sin comunicado público claro.
Los años 40: carteleras reducidas, crisis y una fachada que se apaga
A partir de 1940, las carteleras de prensa se estrecharon y muchos cines pequeños desaparecieron de la visibilidad pública. El Mar se difumina. Tu texto añade un síntoma típico de crisis: prescindir del gran cartel anunciador de la entrada, dejando la fachada desnuda, evidenciando la dejadez y la falta de mantenimiento. Es una imagen muy potente: un cine que sigue vivo a ratos, pero con la apariencia de un local que se va quedando atrás.
1946: “Napoleón” de Abel Gance
El jueves 17 de enero de 1946, el cine vuelve a asomar con un título de prestigio: “Napoleón”, la gran obra muda de Abel Gance (aquí hay que corregir “Abek”). Ese estreno o reestreno funciona en el relato como intento de elevar el perfil del local. Después, el cine parece volver a una rutina de proyecciones más ordinarias hasta su siguiente gran maniobra publicitaria.

1970: “Cinemar 70” y la semana marinera

El gran golpe final llega con nombre nuevo y una idea clara: subirse a un acontecimiento de ciudad. En enero de 1970, la propietaria Natividad Espot Ballarín intenta relanzar el cine con una marca llamativa: CINEMAR 70. Y aquí sí aparece un motivo explícito: la inauguración del VIII Salón Náutico Internacional de Barcelona, que sirve de excusa para programar una semana de cine marino.
La propuesta fue coherente y “temática” antes de que lo temático se pusiera de moda. Se anunció como arranque la película japonesa “Latitud 0”, acompañada por cortometrajes como “Bacaladeros” y “Veleros”.
Durante la semana se encadenaron estrenos y documentales ligados al mar, y el ciclo se cerró el domingo 1 de febrero con el estreno en España de “Regina Maris”, más piezas documentales como “Suite Dragón” e “Historia de la Exploración Submarina”. Era un intento serio de darle al local una identidad y atraer a un público distinto, no solo el de paso.
Vuelta a la normalidad… y una Rambla que ya jugaba otro partido
El martes 3 de febrero, el cine volvió a anunciarse simplemente como CINEMAR, con una programación convencional —títulos como “Un tren para Durango” y “Un hombre en la trampa”— y noticiario NO-DO. El experimento marinero había sido un fogonazo, no una transformación estructural. Y el problema de fondo seguía ahí: la zona final de la Rambla fue degradándose, cambiando el perfil de la clientela, empujando al cine hacia una supervivencia cada vez más precaria, entre habituales marginalizados y turistas despistados.
1992: cierre definitivo tras años de deterioro
El golpe definitivo llega con la suma de desgaste y ausencia de gestión sostenida. El fallecimiento de la propietaria el 9 de septiembre de 1988 agravó la decadencia del local, que terminó cerrando sus puertas en 1992. Así acabó un cine que había nacido con Astaire y Rogers, había atravesado una guerra prácticamente en silencio, había reaparecido sin fanfarrias en 1939 y aún intentó, en 1970, inventarse un futuro con un nombre moderno y olor a sal.

TEXTO DE JESÚS FRAIZ, www.labarcelonadeantes.com
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