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Cine Aristos: el cine “supersond” que dio ocio a la posguerra y acabó convertido en teatro

En la Barcelona de posguerra, cuando el fin de semana se medía más por la cartelera que por la programación televisiva —porque televisión, lo que se dice televisión, aún no había entrado en casa—, el barrio necesitaba salas cercanas que evitaran a los vecinos el peregrinaje hacia el centro para ver una película.

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En ese contexto se levantó el Cine Aristos, en el número 246 de la calle Muntaner, concebido como un cine de proximidad para un público que quería entretenimiento en festivos y domingos, sin grandes desplazamientos, y con el reclamo de una sala moderna para su tiempo.

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El Aristos fue promovido por la empresa PROCINES, S.A. (en algunas referencias aparece el nombre con ligeras variaciones tipográficas), que apostó por dotarlo de “todos los adelantos conocidos” en proyección y sonido, un aforo notable de 850 espectadores, un vestíbulo amplio, servicios completos y el bar imprescindible en cualquier local que aspirara a ser algo más que una sala oscura con butacas. Era, en resumen, un cine de barrio con ambición de sala grande: comodidad, técnica y una puesta en escena publicitaria que buscaba que el Aristos naciera ya con presencia.

1943: inauguración con campaña en prensa y tecnología “Supersond”

La inauguración se preparó con precisión. El martes 14 de diciembre de 1943 ya se anunciaba en prensa la apertura para el viernes 17, a las 22:30, subrayando la modernidad del local y sus avances técnicos. El gancho principal era el sistema de sonido y proyección “Supersond”, presentado como sinónimo de calidad, junto con una decoración moderna y un confort “insuperable”, vocabulario típico de la época cuando había que vender progreso incluso a base de adjetivos.

Y luego estuvo el golpe de efecto: para una inauguración con aspiraciones, PROCINES apostó por un anuncio llamativo en La Vanguardia, de esos que obligaban a detener la mirada del lector. La idea era sencilla y eficaz: si el cine nacía, debía hacerlo con una declaración de intenciones en el mismo escaparate donde se decidía el ocio barcelonés, la cartelera del gran diario.

La primera película: corrección de un error habitual

Aquí conviene afinar un punto que suele aparecer mal escrito en algunos recuerdos y transcripciones. La película elegida para la apertura fue “Las aventuras de Marco Polo”, protagonizada por Gary Cooper y Sigrid Gurie. Es frecuente encontrar “Marco Apolo” o “Sigrid Curie”, pero lo correcto es Marco Polo y Sigrid Gurie. Este detalle, aparentemente menor, importa porque en historia cultural los nombres son el anclaje: si se tuercen, se tuerce también la hemeroteca.

1944: acuerdos de programación y la guerra silenciosa por los estrenos

Como tantos cines de aquel tiempo, el Aristos no tardó en moverse para ganar competitividad. La exhibición en la posguerra funcionaba con equilibrios delicados: disponibilidad de copias, jerarquía de estrenos, acuerdos con distribuidores y alianzas puntuales con otras salas para sostener una programación atractiva. En tu relato aparece el entendimiento con el Cine Plaza, también conocido en distintas etapas como Maryland, y esa lógica encaja con lo que ocurría en la Barcelona de los circuitos: colaborar para acceder a mejores títulos, pero compitiendo a la vez por público y calendario.

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La propia cartelera reflejaba esas tensiones: anuncios que aparecen para una sala y no para otra, ajustes a última hora, programas dobles que se reorganizan según se cierran (o se atascan) acuerdos. En términos periodísticos, el Aristos vivió lo habitual en una industria muy reglada y muy dependiente de la distribución: el cine como negocio de programación, no solo como edificio.

1946: entrada en el grupo Montecarlo y etapa de “cines en red”

En abril de 1946, el Aristos pasó a integrarse en la órbita de la empresa Montecarlo, y desde ahí su trayectoria se entiende mejor como parte de una red de salas.

Esta es una clave que vale la pena explicitar en un artículo para web: muchos cines barceloneses no se gestionaban como islas, sino como piezas de un conjunto, con combinaciones de programación y estrategias coordinadas para sostener taquilla y rotación de títulos. El Aristos alternó etapas de programación en solitario con otras de coordinación con cines del grupo, un “continuo cambio” que fue parte del paisaje cinematográfico de la ciudad durante años.

1962: el cine como espacio social durante la riada del Vallès

Más allá de la cartelera, hay episodios que sitúan al Aristos dentro de la vida urbana. Tras las inundaciones del Vallès de 1962, el cine fue una de las salas que realizaron programaciones especiales con objetivo solidario para recaudar fondos. Es un dato valioso porque recuerda algo que hoy cuesta imaginar: el cine no era solo consumo cultural, también era un punto de reunión y un mecanismo práctico para movilizar ayuda desde el barrio, con la sala como caja de resonancia ciudadana.

1965: expediente y multa por normativa del Ministerio

El final de la década trajo, además, el peso de la regulación. En 1965, el Aristos fue expedientado por no haber implantado un nuevo reglamento decretado por el Ministerio de Información y Turismo el 22 de diciembre de 1964, lo que derivó en una sanción de 50.000 pesetas. Más allá de la cifra, el episodio ilustra el control administrativo sobre espectáculos en el franquismo tardío y cómo la vida de una sala dependía tanto de la taquilla como de cumplir una normativa cambiante, a menudo exigente y minuciosa.

1966: cierre definitivo y derribo

Tras veintitrés años de existencia, el Aristos cerró definitivamente el domingo 31 de julio de 1966, con la proyección de “Trampa para un espía” y “El infierno de Mekong” como últimas películas. Este punto es importante porque algunas fichas o listados sitúan el cierre en 1965; sin embargo, la fecha de 31/07/1966 es la que mejor encaja con las reconstrucciones basadas en cartelera y seguimiento de la sala.

Después llegó lo irreversible: el derribo. La historia del Aristos, como la de tantos cines barceloneses, no termina con una puerta cerrada, sino con un solar listo para otra función. Y esa otra función tenía nombre teatral.

Del Cine Aristos al Teatro Moratín: Jaime Salom cambia el decorado

Tras el cierre, el solar fue adquirido por el dramaturgo Jaime Salom, que impulsó la transformación del espacio en el Teatro Moratín. La inauguración se produjo en diciembre de 1967 (con referencias que la sitúan específicamente el 23 de diciembre) y el arranque estuvo ligado a “Cara de Plata” de Valle-Inclán, asociada a la apertura del nuevo teatro. De este modo, la misma dirección —Muntaner 246— pasó de la liturgia del cine de posguerra a la ambición cultural de una sala teatral en plena transición de hábitos urbanos: el ocio cambiaba, la ciudad también, y el Aristos quedaba como recuerdo de una época en la que el fin de semana empezaba mirando la cartelera.

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DEL CINE ARISTOS AL TEATRO MORATIN

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