Del castillo del Vallès al corazón del poder
Desde su castillo de Montcada, en el Vallès, los Moncada entendieron pronto que el poder no siempre se conquista: a veces se administra con paciencia. No fueron aventureros ni caudillos de frontera, sino una familia capaz de situarse siempre allí donde se tomaban las decisiones importantes.
Guillem de Muntanyola i Vacarisses, señor del castillo de Montcada y muerto hacia 1070, aparece y desaparece en las fuentes, pero su papel es decisivo. Fue uno de los primeros en ejercer funciones de senescalía condal. No se trataba de un cargo honorífico: significaba portar la espada del conde, presidir la corte y juzgar en su nombre. Gobernar sin corona.
Mandar sin parecer reyes
Mientras otros linajes buscaban gloria en el campo de batalla, los Moncada aprendieron a moverse en la antesala del poder. Sabían cuándo hablar y, sobre todo, cuándo callar. Sabían que una boda bien pactada podía valer más que cien lanzas.
El matrimonio de Guillem I con Adelaida de Claramunt fue uno de esos movimientos silenciosos que cambian mapas sin levantar polvo. De esa unión surgieron ramas destinadas a ocupar distintos espacios del dominio feudal: Raimond I heredó la senescalía; Bernat se inclinó hacia la Iglesia como arcediano de Barcelona; Renard fundó la rama de los Sarroca.
Guillem Ramon de Moncada, el Gran Senescal
El verdadero salto político llegó con Guillem Ramon de Moncada, conocido como el Gran Senescal. Sirvió a tres príncipes —Ramón Berenguer III, Ramón Berenguer IV y Alfonso II— y sobrevivió a todos ellos. Fue diplomático cuando tocaba, militar cuando no había otra salida y una figura imprescindible en una corte que empezaba a pensar en clave mediterránea.
Su mayor obra no fue una conquista, sino un acuerdo: el matrimonio entre Ramón Berenguer IV y Petronila de Aragón. Concertado en 1137 y celebrado en Lleida hacia 1150, selló una nueva realidad política. Petronila siguió siendo reina titular de Aragón, mientras el gobierno efectivo recaía en su esposo, como “príncipe” de Aragón.
Aquella unión fundó algo más que una alianza familiar: unió el condado de Barcelona y el reino de Aragón. Y, una vez más, los Moncada estaban allí, sosteniendo el andamiaje.
El nacimiento de la Casa de Aitona
Hacia 1212, Guillem Ramon de Montcada se casó con Constanza de Aragón, considerada por la tradición genealógica hija natural del rey Pedro II. Como dote recibió la baronía de Aitona, con Seròs, Albalat y Mequinenza. Así nació la Casa de Aitona, una rama que pronto se convirtió en la columna vertebral del linaje.
Los miembros de esta rama estuvieron junto a Jaime I durante su minoría de edad, participaron en la regencia y ocuparon cargos clave en el reino de Aragón. Ot I de Montcada fue senescal y mayordomo de Cataluña, es decir, uno de los hombres que estaban en la sala donde se decidía el rumbo del poder.
Reyes, monasterios y sangre
Cuando Elisenda de Moncada se casó con Jaime II en 1322, la familia dejó de orbitar alrededor del poder: lo cruzó. Tras quedar viuda, Elisenda fundó el monasterio de Pedralbes. No fue solo un acto piadoso, sino una forma de fijar en la piedra de Barcelona una alianza que hasta entonces había vivido en cargos y parentescos.
Pero la historia no perdona ni siquiera a quienes la escriben desde dentro. Guillem y Raimon de Montcada murieron en la conquista de Mallorca en 1229. Años más tarde, Ot II de Aitona cayó durante la expedición militar contra la ciudad de Alguer, en Cerdeña, en 1354.
Las muertes prematuras debilitaron el control directo de la senescalía, pero no la posición del linaje. Perdieron hombres, no influencia.
Territorio, herencias y concentración del poder
Mientras perdían vidas, ganaban tierras. En Valencia incorporaron Villamarchant y Chiva. En el siglo XV, con Oto III de Aitona y sus descendientes, el patrimonio volvió a concentrarse: Aitona, Mequinenza, Fraga, Seròs, Villamarchant, Chiva, Castellnou. El mapa volvía a tener un solo heredero.
La creación del condado de Aitona en 1536 y la confirmación del marquesado por Felipe II en 1581 no supusieron una fundación, sino el reconocimiento jurídico de un poder que llevaba siglos ejerciéndose.
Los Moncada en la política internacional
Los marqueses de Aitona jugaron en ligas europeas. Francisco de Moncada y Moncada, III marqués de Aitona, fue gobernador interino de Flandes, mano derecha de Isabel Clara Eugenia, embajador y general. Su figura quedó inmortalizada en varios retratos del pintor flamenco Anton van Dyck.
Su sucesor, Guillén Ramón de Moncada, IV marqués de Aitona, se casó hacia 1610 con Margarita de Castro, heredera directa de la Casa de Castro aragonesa. Su hijo, Guillén Ramón de Moncada y Castro, V marqués de Aitona, unió señoríos catalanes, aragoneses y sicilianos.
Los enlaces con los Gralla aportaron Subirats y Esponellà; las herencias de Cabrera y Bas ampliaron aún más los dominios en Cataluña, Aragón, Valencia, Sicilia y Cerdeña. Durante generaciones, los Moncada gobernaron más desde Palermo que desde Barcelona.
El archivo, la memoria y el final del linaje
Ese poder necesitó memoria. El archivo familiar creció hasta convertirse en un gigantesco fondo documental. En el siglo XVI se centralizó en la Casa Gralla, en la calle Portaferrissa de Barcelona, hoy ocupada por una tienda de ropa vintage.
En el siglo XVIII, la historia cambió de manos. María Teresa de Moncada, VII marquesa de Aitona, se casó con el heredero de los Medinaceli. La fusión fue definitiva. El archivo viajó de Barcelona a Madrid, Sevilla y finalmente Poblet. Así terminó la casa de Moncada como linaje independiente.
No cayeron en batalla ni fueron barridos por una revuelta. Su poder se extinguió como se apagan las grandes casas: por acumulación. Gobernaron durante siglos sin corona, en voz baja. Cuando el Estado moderno dejó de necesitar intermediarios, dejaron de ser imprescindibles y pasaron a ser patrimonio.
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